Revista Historia de Atacama
Año 1842
Por Guillermo Cortés Lutz
“En la plaza, bajo la sombra severa de los pimientos, el silencio pesaba más que la madera de la horca"
Era el sábado 5 de marzo de 1842, día en que fue ejecutado en la plaza de Copiapó Rafael Aracena, más conocido como el “Chango” Aracena, tras ser hallado culpable de un asesinato cometido en las inmediaciones entre las caletas de Chañaral y Taltal. Su ejecución pública fue una de las últimas registradas en la ciudad. Este ajusticiamiento eran los resabios de la antigua justica de la Colonia, y también era escarmiento y morbo para el pueblo.
Pero ¿quién fue este personaje que la tradición recuerda como “celebre y popular”?
En la memoria minera de Atacama, el nombre del Chango Aracena está ligado a un explorador del desierto, un aventurero, un vividor, un emprendedor, un personaje conocido en su época, pero sobre todo la historia y la leyenda lo relacionan a uno de los derroteros más famosos del desierto. Se decía que hacia 1840 habría descubierto una riquísima mina de plata en el desierto chañaralino. La noticia se propagó con rapidez y muchos intentaron ubicarlo para participar de su fortuna. Sin embargo, jamás entregó la ubicación exacta del yacimiento.
En la tradición minera, un derrotero es un tesoro mineral cuya localización permanece desconocida tras la muerte de su descubridor. El del Chango Aracena es considerado uno de los más célebres, entre los cerca de cien identificados por Benjamín Vicuña Mackenna en sus estudios sobre la minería de Atacama.
El testamento de Aracena, conservado en el Archivo Nacional en Santiago, menciona que la mina se hallaba en la “Sierra del Salitral”, topónimo inexistente en la cartografía actual del desierto. La descripción —una quebrada arenosa en la cima de una sierra— ha sido asociada por algunos investigadores con el sector conocido como “Vaca Muerta”, donde abunda el salitre.
Diversos autores han recogido esta historia. Pedro Serazzi, en su obra sobre el derrotero del Chango Aracena, sostiene que la leyenda posee base histórica, apoyándose en testimonios y referencias documentales, entre ellas una publicación del diario El Ferrocarril de Santiago en 1875. Por su parte, el historiador Vidal Naveas Droguett afirma que Aracena efectivamente habría descubierto un yacimiento extraordinario, pero no alcanzó a disfrutarlo debido al crimen que lo condujo a la horca.
La ejecución del Chango Aracena, en el centro de la plaza marcó el fin de su vida, pero no el de su misterio. Historiadores como Carlos María Sayago y el propio Benjamín Vicuña Mackenna recogieron la tradición del derrotero perdido. Según otra versión, el abogado Quezada, habría conocido el secreto final, pero jamás lo reveló ni intentó buscar la mina.
La ejecución del Chango Aracena en la plaza de Copiapó —5 de marzo de 1842— debió ser un momento profundamente duro para la ciudad: justicia ejemplarizadora, multitud reunida, autoridad presente, y un hombre que hasta poco antes había recorrido libre el desierto de Atacama. Así, el Chango Aracena no solo murió en el patíbulo levantado en la actual plaza de la ciudad, sino que también se llevó a la tumba la ubicación de su supuesto tesoro, dejando en el desierto de Atacama uno de los mitos mineros más persistentes del siglo XIX.